Mi último coche había durado 20 años bien exprimidos; más de trescientos treinta mil kilómetros, con una conducción en muchas ocasiones extrema en cuanto a velocidad, de larga duración y tiradas de miles de kilómetros, sin que hubiese tenido ningún tipo de avería relevante. Pese a que nunca tuve ningún accidente grave le hicieron más daño los mecánicos que lo revisaban, pese a ser del concesionario de la marca, que la utilización diaria.

Claro está que los vehículos, como todo lo mecánico, deben ser frecuentemente revisados técnicamente y en el caso de los coches tener un cuidado extremo con los líquidos. El mío siempre siguió escrupulosamente las revisiones marcadas por los talleres, así como los cambios de aceite, ruedas etc. Así pues, era probable que no debería tener problemas mecánicos relevantes… probablemente…

Recuerdo que en una de las últimas revisiones el mecánico me informó que le habían tenido que cambiar un manguito (¿?); ni idea de lo que era un “manguito” y la verdad es que ni me interesaba ya que no tengo ninguna afición por la mecánica del automóvil. Para mí lo importante era que habían detectado un pequeño fallo y estaba reparado.

En el transcurso del viaje desde el mecánico a mi destino final, sentía un extraño olor a gasolina… No le di más importancia puesto que acababa de llenar el depósito y, probablemente, había perdido alguna gota de carburante.

Así que a las 22:00 llegué al aparcamiento de Barcelona y al salir del coche seguía sintiendo olor de gasolina. Revisé la boca de llenado; estaba bien cerrada y no había síntoma de perdida de combustible.

Hora y media después regresé para dirigirme a mi domicilio, pero, al acercarme al vehículo, ahora el olor a gasolina era verdaderamente fuerte. Me agaché para verificar los bajos del coche y me topé con un lago de gasolina y pude ver el gota a gota que chorreaba justo por debajo del motor… estaba en mi día de suerte porque si llego a ponerlo en marcha el incendio estaba asegurado… llamada al RACC y vuelvo a casa mientras el coche es llevado al mecánico.

…¿Qué pasó?…

…Se soltó el manguito…

…¿Y porque se soltó el manguito?…

…Bien … le puse uno clónico y claro de menos calidad

…¿Y porque le puso un clónico?

…Bueno … se trataba de reducir gastos…

¿Perdone… le pedí yo que redujera gastos? ¿Acaso le debo alguna factura o siquiera le he regateado alguna vez el precio?

La chapuza nacional está muy extendida y constituye una práctica altamente lesiva para los clientes y usuarios. No se limita a un problema de los mecánicos, sino que se extiende a todas las ramas de la industria. ¡El país es chapucero!

Recuerdo una amiga que me solicitó ayuda para reparar su PC puesto que era la tercera vez que pasaba por un taller y siempre le volvía a ocurrir lo mismo… el disco duro petaba a los pocos meses con la consabida perdida de información y el alto coste de la reparación puesto que, entre otros, los discos duros de la época eran caros y en informática tan solo la instalación del sistema operativo ya es cosa de dos a tres horas de técnico.

No era habitual en una persona tan esmerada como mi amiga quien cuidaba su pc mejor que a sus amigos y además se trataba de un equipo bueno y caro.

Al abrir el pc y verificar la bandeja de soporte del disco duro (en adelante HD) de seguida uno se daba con el problema: el “técnico” al no disponer de los tornillos especiales que requería la bandeja de soporte del HD no tuvo mejor ocurrencia que mantener la bandeja intercalada con una pinza de madera de las que se usan para colgar la ropa a secar… Al mover el ordenador la pinza se había soltado y el disco vibraba lo cual causaba su ruina.

Historia de chapuzas vividas en primera persona me han sido reportadas interminablemente a lo largo de mi vida comercial lo cual me llevó a la definitiva conclusión de que en España la chapuza es cultural.

En la última revisión realizada por el taller mi vehículo fue definitivamente herido de muerte. Debía viajar a Francia y días antes tuve una súbita subida de temperatura del motor. Así que lo hice pasar por el mecánico con la exigencia de una revisión en profundidad ya que me debía desplazar varios Km’s. Era perfectamente consciente de que pasados los trescientos mil km la cosa pintaba mal… En un viaje a Marruecos vi taxis con más de un millón de km y que seguramente no eran revisados con tanto esmero y frecuencia como el mío. Así que lo de los trescientos mil km me suena cada vez más a la temible obsolescencia programada.

Al parecer el radiador estaba obstruido. Su cambio garantizaba que la cosa quedaba como nueva. Salí del taller y hice cien km extremos sin ningún problema. Efectivamente el problema estaba reparado.

Así que partí, pero ya en Francia noté que alguna cosa no iba bien… el vehículo, en determinados momentos, perdía gas, pero no había indicación alguna de temperatura alta… Regreso a España y por la autopista, a la altura de VIC, el coche empieza a perder gas y a reducir velocidad sin responder al acelerador. Aflojo y paro y, al arrancar de nuevo, avanzo unos km más y de pronto un estallido y mi coche se transforma en una locomotora de carbón expulsando vapor por el capó del motor… el coche queda rodando en silencio… tiempo suficiente como para aparcar en la arcén de la autopista.

¿Qué había pasado? Habían cambiado el radiador, pero por algún motivo no conectaron la sonda de temperatura con lo cual yo no disponía de indicación alguna de la subida de temperatura. Además, el conducto del radiador estaba obstruido por lo cual no refrigeraba adecuadamente. Como consecuencia la temperatura subió exageradamente y el motor gripó.  Todo ello me sonó al dichoso manguito clónico … Mi coche había muerto víctima de la chapuza nacional.

A lo largo de estos años las quejas sobre los talleres y las marcas, leídas o reportadas por conocidos, se han convertido en vox pópuli y por ello creo, a pesar de lo ocurrido, que he tenido suerte con la marca y modelo de mi coche.  Ahora que tocaba cambiar por una furgoneta, un vehículo seguramente más robusto que mi estimado coche, tan solo esperaba que me durase el doble de km con el mismo rendimiento y por ello intentaría que fuese de la misma marca que el recién fallecido…

Había dado un excelente servicio y fue motivo de estupendos recuerdos a lo largo de los veinte años que me sirvió.